Cuando te invitan a una boda, se desencadenan varios pensamientos en una nube desordenada: “ahora voy a tener que ingresar un pastón en una cuenta corriente”, “ay, dios, soy una cínica, debería alegrarme por ellos y no pensar en estas cosas”, “y yo que pensaba que Dani y Laura se casarían antes que ellos”.

Entre este brainstorming, aparece una cuestión que, reconozcámoslo, a muchas mujeres nos encanta: ¿qué me voy a poner? Elegir un vestido de invitada no es tarea fácil, pues debes calibrar cómo lucir espectacular pero nunca más que la novia.

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Así que después de varias semanas de elecciones y descartes, llegas a la boda con un traje que resalta tu figura escultural, un maquillaje muy estudiado y un pelo de cine, andando sobre tus tacones de 15 cm como si estuvieras desfilando entre algodones y no subida a unos instrumentos de tortura. Justo cuando te sientes como Leonardo DiCaprio abriendo los brazos y sacando pecho en El Lobo de Wall Street, aparece otra invitada con el mismo modelo que tú.

La ira, la vergüenza, el pánico, la tristeza y las ansias asesinas se remueven en tu interior, pelean entre sí por salir a la superficie. Pero tú luchas contra ellas y contra el shock que te invade, e intentas mantener la compostura y mostrarte adulta e indiferente.

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Ella ya te ha visto, no te queda más remedio que saludar. Os acercáis y os reís del percance. “¡Estás preciosa!”, “¡Tú también!”, os decís con una sinceridad exquisitamente fingida, mientras lo que piensas de verdad es que a ti te queda mil veces mejor, y que el diseño no le favorece en absoluto. Eres la ganadora indiscutible y, aun así, ha osado desafiarte. ¿Cómo se atreve?

El resto de la ceremonia la pasas sin pena ni gloria, tratando de olvidar el asunto, pero recordándolo cada vez que la ves. No te engañes, por muy cordiales que os comportéis de boca para afuera, te odia ahora mismo tanto como tú a ella. Pero la única manera de sobrellevar tal afrenta con elegancia es reaccionar con humor.

©Rikard Lilja Photography

©Rikard Lilja Photography

Recuerda que estrictamente ninguna de las dos lo ha hecho a propósito. Tampoco tienes derecho a enfadarte con la tienda pues ella siempre fue sincera contigo: había varios vestidos iguales, de múltiples tallas y, aun así, decidiste arriesgarte. Asúmelo, la única responsable fuiste tú.

Pero, tranquila, no es necesario estar podrida en dinero para que no te usurpen el modelito. Internet ofrece un mundo casi infinito de venta de ropa online y seguro que en tu ciudad hay varias boutiques asequibles que te evitarán el susto de repetir. Un susto que, oye, tampoco es para tanto.