Maggie adoraba el compromiso, pero sentía pavor al acercarse al altar y huía una y otra vez, atemorizada, antes de pronunciar el “Sí, Quiero”. Aunque podría tratarse de una historia real, es sólo el argumento de la clásica Novia a la fuga, en la que Richard Gere y Julia Roberts se metieron en la piel de una pareja casi tan icónica como la de Pretty Woman.

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Casarse es un acto que a la mayoría de la gente le entusiasma y le aterra a partes iguales. Por muy reversible que sea hoy en día, la intención es escoger a la persona con la que, realmente, quieres pasar el resto de tu vida. La cuestión es, ¿cómo saber si estás preparada?

Lo más importante antes de dar el paso es conocerse mutuamente como si hubierais estado juntos desde pequeños. Debes saber sus gustos, sus manías, sus virtudes y sus defectos, y estar dispuesta a amar no sólo lo bueno, sino lo que no te hace demasiada gracia. Acepta el pack completo porque ni él ni nadie es perfecto, pero tal vez lo es para ti.

Para llegar a este punto, resulta aconsejable y beneficioso un periodo de convivencia previo al compromiso -a menos que tus creencias o ideología te lo impidan-. Viviendo juntos encontraréis una intimidad absoluta, y os veréis al natural, sin maquillajes ni ropas favorecedoras. Si os queréis igual o más tras descubrir las costumbres más raras y vergonzosas del otro, poco habrá que no podáis superar.

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Aunque suene materialista, la economía es un factor a revisar antes de tomar esta decisión. ¿Podéis afrontar los gastos de una boda y una luna de miel? ¿Podéis iniciar una vida estable y sostenible juntos? Si los dos contáis con ingresos seguros, no debería suponer un problema dar el paso pero, ojo, todo depende de la magnitud de la celebración que tengáis en mente.

En caso de que todos estos requisitos se cumplan, debes hacerte una única pregunta: si te pidiera matrimonio ahora mismo, ¿cómo reaccionarías? Obviamente una declaración tiene como denominador común el nerviosismo y la estupefacción. Pero existen dos pensamientos inmediatos y excluyentes: un sí flagrante o un desagradable nerviosismo lleno de dudas.

Si tu caso es el primero, no tienes nada que temer. De hecho, seguro que en algún momento, un día en el que le observaste tomar su café mañanero, peinarse un mini tupé con un poco de espuma, preguntarte qué camiseta debería ponerse al día siguiente o, simplemente, quedarse dormido en el sofá mientras veía su serie preferida, lo supiste. Lo sabes desde entonces, sabes que es esa persona y no otra la que va a compartir las noches y los sueños contigo hasta el momento en el que luzcáis más arrugas que piel.