Las bodas religiosas no son las únicas que merecen gozar de un precioso altar. Si has elegido casarte en un paraje natural, puede que tengas algunas dudas acerca de cómo decorar el lugar, tanto donde vas a darte el “Sí, Quiero” como donde tus invitados van a acomodarse durante la ceremonia.

©Reading My Tea Leaves

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El campo ya te da hecha buena parte del trabajo: puedes escoger la orilla de un río o un lago, un acantilado, un prado lleno de flores o el jardín de tu casa de vacaciones en tu pueblo, incluso.

El altar de boda en sí mismo resulta muy versátil a la hora de adornarlo, tanto que podéis ayudar a elaborarlo vosotros mismos, si bien siempre es un acierto contar con un profesional. Los más sencillos se sustentan a base de andamios de madera, aunque si te decantas por materiales más vanguardistas, como ciertos metales, crearás un contraste urbano en medio del bosque.

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La decoración suele alimentarse de flores, pero también tienen cabida otro tipo de motivos, como retales de tela de colores, globos, lámparas colgantes y, por supuesto, cortinas, que aportan sensación de intimidad y un aspecto solemne.

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Completa esta zona con unas escaleritas de madera que culminen en un breve escenario solo para el novio, la novia y el oficiante. Si quieres convertir el monte en tu salón privado, coloca una alfombra entre las filas de invitados, preferiblemente blanca, aunque la elección de los colores responden a gustos muy personales.

©Emily Blake Photography

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©Jessica Velarde

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Las sillas simples de madera clara serán el asiento idóneo para tus amigos, o bien bancos alargados en filas, pero siempre buscando esa mímesis con el medio natural.

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El verde, el cielo y el agua piden altares rústicos, que se fusionen con los árboles y las plantas. Las importancia de las flores se magnifica exponencialmente en este tipo de celebración. No te prives de llenar de colores y aromas el pasillo por el que vas a caminar hacia tu pareja, así como los respaldos de los asientos de los invitados y el propio retablo.

©Larissa Cleveland

©Larissa Cleveland

Lo lógico es que la velada se festeje a principios de otoño, en primavera o en verano, al ser al aire libre. Cada estación te da juego a la hora de decidir el aspecto de las flores que vas a incluir. En septiembre y octubre, los árboles se visten de rojo, naranja y amarillo, como si quisieran abrazar los últimos días de calor. Mayo y junio sonríen con una paleta de tonalidades infinitas y unas praderas renacidas, vivas. Embébete de la belleza que te ofrece la naturaleza e inspírate en ella para convertir tu altar en un efímero paraíso.